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Bankia: suma y sigue y algo más

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Que se veía venir, sí, pero no tanto, aunque cuando estalló el petardo, el ruido y la onda de expansión todo suponían que serían ambos bastante grandes, cabía la posibilidad, según apuntaban algunos, que con unos pocos miles se solucionaría todo. Pero unos cuantos hablaron como de pasada de la famosa Ley de Murphy y como siempre, inexorablemente, se cumplió. Bankia tenía mucho más tomate de lo que parecía; era como los icebergs, incluyendo el del Titanic, a los que sólo se les ve aproximadamente un diez por ciento de lo que está debajo, que además es lo peligroso.

Políticos, sindicatos, asociaciones empresariales no dudaron en estar chupando de la teta de la vaca con sueldos magros cuyas cifras en algunos casos llegan hasta a marear, por tan sólo pertenecer a consejos de administración y “dirigir políticamente” la entidad, autorizando movimientos, operaciones y créditos, la mayoría de ellos con cifras con muchos ceros detrás, y no precisamente a la izquierda. Personas de las que nadie duda, o sí, de su capacidad política o sindical, pero que de altas finanzas no habían asistido ni a la primera clase de las dos que alguien dijo bastaban para saber todo sobre economía.

De unos primeros trescientos millones de beneficio a veintitantos mil de pérdidas hay todo un mundo, que el gobierno tiene que solucionar, una vez nacionalizada, sacando la “pasta gansa” de algún sitio y con la amenaza de que puede que Bankia sea el primero de los que van a necesitar ser “nacionalizados” dentro de poco. Y lo malo es que todos sospechamos de dónde van a tirar para llegar a las cifras resultantes euro a euro. No quedará más remedio que apechugar con lo que nos quieran poner, pues comprendemos que es necesaria nuestra colaboración para salir del atolladero en que nos encontramos. Nos guste o no, hay que hacerlo y se hace. Lo que no nos cuadra tanto es eso “de aquí paz y después gloria” una vez se haya arreglado el problema.

Las responsabilidades deben depurarse todas por lo “civil o por lo criminal” que dijo en su día Luis Aragonés. No basta que se detengan en las políticas, Es mucho dinero como para que no pasen de ahí. Y ese dinero “no es de nadie” como dijo toda una ministra, ese dinero pertenece a los españoles y debe serles devuelto. Y si se lo han gastando y no lo tienen, la ley tiene los suficientes argumentos como para que lo paguen en “especie” durante unos años. España tiene que dar un giro de ciento ochenta grados y dejar de ser ya de una vez por todas ese país de “pícaros”, subvenciones y canonjías, en resumen de pandereta, del que seguimos teniendo fama por ahí fuera.

La politización desmesurada de muchos estamentos, no sólo bancarios, está empezando a dejar ver unas carencias en muchos puntos de la vida cotidiana, que en muchas ocasiones llegan hasta a dar miedo. Los políticos deben dedicarse a hacer política y nada más. Todo lo que no sea eso suele dar resultados muy nefastos a corto y largo plazo y deben cortarse ya. El que quieran controlar todas la facetas de la vida no es bueno y pueden conducir a un país a su paulatina desmembración o lo que es peor, a una dictadura que, desgraciada y normalmente suele poner orden a sangre y fuego. A lo mejor no es tan malo que recordemos, limpia y sin partidismos, lo que nos ocurrió hace setenta y tantos años, que estudiemos lo que provocó la masacre y pongamos coto cuanto antes a todo lo que se parezca a aquello. Los “no pasa nada”; “aquello no va a volver”; “no son los mismos tiempos” sólo son unos pocos" son cada día más frases hechas y huecas que se repiten como si nosotros mismos necesitásemos un tranquilizante para seguir en esta tesitura tan “cómoda”.

Un ejemplo es lo ocurrido el viernes en la final de copa. Menospreciar nuestros símbolos merece un castigo, si me apuran muy duro, para que esas algaradas no vuelvan a producirse. Suspéndase a los clubes si es necesario a que participen en la copa durante unos años para que tengan tiempo de “educar” a sus aficiones, adviértanle al señor presidente del At. Bilbao que los productos de Madrid son tan buenos como los de su pueblo, no sea que aquí tengamos que ponernos a mirar los lugares de procedencia cuando vayamos a comprar y, sobre todo, y muy especialmente, arrebáteseles la prerrogativa de diputados “padres de la patria” a los energúmenos que solicitaron la pitada nada menos que a las puertas del edificio donde reside la soberanía de España. Sus posaderas no son dignas de hollar los sillones en los que se supone que sus señorías trabajan para el bien de un país que se llama España. En otros lugares, con rejas en puertas y ventanas, estarían mejor.
España, además de las medicinas correspondientes a la enfermedad que padece, que hay que aplicarlas por dolorosas que sean, necesita un tratamiento preventivo para que no se produzcan otros males mayores. Todos queremos a nuestra tierra, ¡faltaría más!, pero no a base de odiar sistemáticamente al resto, cuando además, aunque a algunos no les guste, forman parte de ella. Y si no quieren trabajar por el bien común que se llama España, que no lo hagan, pero al mismo tiempo que no estorben ni pongan zancadillas. Cuanto antes se les enseñe la tarjeta roja, mucho mejor nos irá a todos

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