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Vuela alto

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Esta historia va de un señor regordete y bueno, sobre todo bueno, que siempre regalaba sonrisas y mucha sabiduría. En Navidad podía vestirse de rojo, pero lo que realmente lo hacía feliz, era ataviarse de rojiblanco, cada temporada, y bufanda al cuello, animar a los buenos jugadores, así en el campo como en la vida.

Cada mañana, muy temprano, se ponía sus gafas y comenzaba a leer. Leía y leía, libros y periódicos, notas y cartas, hasta que el olor a café le recordaba que tenía que trabajar, o seguir leyendo, que para él, era lo mismo. Meticuloso, detallista y obstinado, lo era aun más con las tildes y las formas. No era de malas palabras, de su boca siempre saltaban las mejores. Porque si algo le gustaba, era conversar, para todo tenía una ilustrada respuesta, una argumentada solución, una flamante salida, una instruida réplica.

Su vocabulario estaba repleto de síes. Los noes brillaban por su ausencia. Es lo que tienen los sabios. De él hablaba tanto su saber estar, como su familia. Medio siglo fue fiel pilar y compañía de una hermosa mujer de infinita bondad. Cuatro hijos honrados y trabajadores, y cinco nietos plenos de futuro, son también su obra.

La majestad de este hombre estaba en la sencillez de su entorno, así como en la inmensidad de sus logros. Periodista incorruptible e incisivo escritor, desde el mundo editorial, se enfrentó con firmeza a la censura, a la transición y a los retos de la nueva España y sus tecnologías, con la certidumbre de estar haciendo siempre lo correcto. Y acertó. Fundó de la nada la revista de distribución gratuita más antigua del país, hoy decana en el sector. Creó y dirigió conocidas publicaciones madrileñas. A contracorriente, levantó un grupo editorial dedicado a la prensa local, cuando el río llevaba sus aguas al mar del sensacionalismo y la generalidad. Cuarenta años dándole voz a las pequeñas noticias, lo hicieron grande.

Y un 10 de diciembre, como en 1884 lo hiciera el escritor chileno Francisco Vargas Fontecilla; en 1911 lo hiciera el escritor peruano Manuel Moncloa y Covarrubias; en 1936 lo hiciera el nobel de literatura italiano Luigi Pirandello; en 1946 lo hiciera el periodista y escritor estadounidense Damon Runyon; en 1948 lo hiciera el periodista y escritor surcoreano Ha Hey-Sok, en 1951 lo hiciera el escritor británico Algernon Blackwood; en 1966 lo hiciera el escritor mexicano Gregorio López y Fuentes; en 1968 lo hiciera el escritor y poeta francés Thomas Merton; en 2012 lo hiciera la escritora peruana Rosa Cerna Guardia y en 2016, el periodista y escritor argentino Rolando Washington Goyuard, se fue, entre letras y letrados, dejando una brillante grafía, también para la historia.

Arturo Vallejo Baeza, nuestro editor, vuela alto.

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